sábado, marzo 21, 2009

El imaginario musical de Marcel Proust



Marcel Proust (1871-1922), uno de los nombres más destacados de la literatura francesa, siempre sintió una gran pasión por la música. Aunque no tocaba ningún instrumento, había aprendido por tradición familiar a leer partituras y a hacer comentarios técnicos de las mismas. También era un asiduo de los salones y hoteles, el Ritz en particular, donde se daban veladas musicales, de las salas de conciertos y de la Ópera, sobre todo si no se representaba una obra italiana. Cuando su precaria salud no le permitía asistir a los conciertos, llevaba a los intérpretes a su casa del boulevard Haussmann. Allí, encerrado en su habitación insonorizada con corcho, escuchaba los cuartetos de Beethoven o el cuarteto de Debussy sin salir de su propia cama.
Su gusto musical era ecléctico e iba desde la música antigua hasta los compositores contemporáneos. En muchas de sus cartas y a lo largo de su obra, nos habla de sus compositores preferidos: Rameau, Mozart, Beethoven, Schumann,Wagner, Franck, Debussy, Gounod, Ravel, Fauré, etc. También menciona a Saint-Saëns de quien primero hace una valoración positiva que después modifica radicalmente. Por otra parte, mantuvo una gran amistad con el compositor Reinaldo Hahn quien no compartía las preferencias musicales del novelista. Para entender la estética que le atraía, resultan esenciales algunas cartas que ambos intercambiaron como fruto de sus discusiones acerca de la música. Así, en 1895, Proust escribe lo siguiente a propósito de Wagner: "Cuanto más legendario es Wagner, más humano lo encuentro y el más hermoso artificio de la imaginación no es en su caso sino el lenguaje simbólico y emocionante de las verdades morales".
En uno de sus textos tempranos, "Elogio de la mala música" (1893), incluido en Los placeres y los días, ya se puede apreciar, a pesar de la ironía, el poder emocional que concede a la música, incluso a la mala. En él señala, con un loable deseo de buscar la verdad, que se puede odiar esa clase de música, pero no menospreciarla porque se toca y canta con más pasión que la buena y, sobre todo, porque "se ha llenado del sueño y las lágrimas de la gente". Esas melodías, que a los ojos de los artistas tienen muy poco valor, pertenecerían al universo sentimental de una gran multitud de jóvenes soñadores y enamorados. De esta forma, los malos músicos se convierten en invisibles mensajeros del amor y la música, incluso el cuaderno más tocado de mediocres romanzas, posee una fuerza de comunicación embriagadora que libera el espíritu de la razón abstracta.
En busca del tiempo perdido, la magna y universal creación del escritor francés, es una obra estética que otorga un papel preponderante a la música. En ella, reitera la idea anteriormente expuesta, pero esta vez refiriéndose a la buena música. Este arte "infinito" posee la facultad de despertar en nosotros, a diferencia de otros que tienen por objeto lo finito (pintura, escultura etc ), el fondo misterioso de nuestra alma. Al igual que Mallarmé, estima que el lenguaje musical está revestido de un carácter sagrado muy difícil de expresar por medio de la literatura. No obstante, a pesar de esa dificultad, la función de la música, especialmente la experiencia intuitiva y emocional que su audición conlleva, resulta esencial en su obra. El amor de Swann y Odette está asociado a la "breve frase" de la "Sonata de Vinteuil" que se convierte en el "himno nacional" de su pasión. Este compositor es el músico por excelencia de la novela, recordemos que en la "La Prisonera”, su "Septeto" revela al narrador, en un ejercicio de la memoria involuntaria típicamente proustiano, lo conocido en lo desconocido.
Swann descubre la "breve frase" del andante de "La Sonata en fa sostenido para violín y piano” en una velada dada por Madame Verdurin, y un año más tarde en una versión pianística del joven intérprete Dechambre. Esas notas tan especiales le abren "más ampliamente el alma" y le proponen "voluptuosidades particulares que nunca había imaginado antes de oírla". A partir de ese momento Swann siente que no puede prescindir de ella, aunque no sepa si volverá a escucharla ya que desconoce la obra a la que pertenece. Lo cierto es que su experiencia es totalmente emocional, intuitiva y el placer que le causa es intraducible. Al no conocer la técnica musical, tiene una experiencia estética absoluta. Swann escucha la breve frase con una impresión confusa "una de esas impresiones que tal vez son, sin embargo, las únicas puramente musicales, inextensas, enteramente originales, irreductibles a cualquier otro orden de impresiones". Mas la felicidad estética que nos ofrece el arte musical no deja de ser pasajera porque la memoria enseguida hace su aparición suministrando una transcripción que la desvirtúa. Eso le ocurre a Swann cuando imagina la extensión de la frase, su grafía o su valor expresivo: "delante de sí tenía esa cosa que ya no es música pura, que es dibujo, arquitectura, pensamiento, y que permite recordar a la música". En definitiva, Proust viene a decirnos que desde el momento en que queremos traducir la sensación musical pura a otro lenguaje, a través del pensamiento o la memoria, se pierde el carácter inefable de ese arte excepcional.
Mucho se ha hablado de los modelos que inspiraron al novelista la "breve frase" de la "Sonata de Vinteuil". Sería conveniente concluir recordando la dedicatoria que Proust escribió a Jacques Lacretelle en un ejemplar de su libro: "es la frase encantadora, pero finalmente mediocre, de una sonata para violín y piano de Saint-Saëns, músico que no me gusta". Y luego añade una lista de fuentes relacionadas con la aparición de la frase a lo largo de la novela, el "Hechizo del Viernes Santo" de Wagner, la Sonata de César Frank interpretada por Enesco "cuando el piano y el violín gimen como dos pájaros que se responden", un preludio de Lohengrin, un fragmento de Schubert o unos compases arrebatadores de una obra pianística de Fauré. Sea como fuere, en su obra la música adquiere un rango ficcional superior que nos invita a adentrarnos en una realidad distinta, una realidad invisible y verdadera que nos permite, aunque sea de manera fugaz, gozar de impresiones sine materia.


2 comentarios:

Xavier Navarro dijo...

Hola
Interesante ensayo. La tela que tejen la música y la literatura es una delicia para quien logra descifrarla. Proust y Debussy fueron dos grandes para aquellos románticos decimonónicos que se resisten al duro acero de nuestro tiempo.

Saludos!

Xavier Navarro dijo...

Hola

Muy buen trabajo. La tela que entretejen la música y la literatura es bella si se logra descifrar. Proust y Debussy fueron dos grandes para aquellos románticos decimonónicos que aún se resisten al duro acero de nuestro tiempo.

Saludos!