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jueves, febrero 10, 2011
¿Qué es la autoficción?
La autoficción es un género muy de moda en la literatura francesa contemporánea. El suplemento literario de Le Monde del 4 de Febrero de 2011 le dedica un “dossier”. En sus páginas se rinde homenaje a Serge Doubrovsky quien hace más de treinta años fue el inventor del término. Doubrovsky tiene en la actualidad 83 años y acaba de publicar Un homme de passage, una “novela-vida”, como reza su reclamo publicitario. Aprovechando esta efemérides teórico-literaria, me gustaría recordar aquí cuál fue el origen de este giro en la literatura del yo y las objeciones que se le han hecho desde la crítica literaria.
El último cuarto del siglo XX se caracteriza, al menos en el ámbito literario, por la superación, o si se quiere, por el fin de las vanguardias. Los conocedores de la literatura francesa contemporánea saben que "el nouveau roman" ("la nueva novela") de los años 50 y sus autores más prestigiosos, Alain Robbe-Grillet, Nathalie Sarraute, Claude Simon, Michel Butor y tantos otros, pretendían acabar con la novela tradicional. Rechazando los modelos anteriores basados en el antropomorfismo y el antropocentrismo, postulan que el texto escribe más que describe y que el mundo no es ni significante ni absurdo. Esta vanguardia literaria, que realmente nunca llego a ser una generación, proclama la muerte del personaje psicológico, instauran el predominio de los objetos y de los lugares y apuestan por la abolición de la intriga. Entienden, pues, la novela como un campo de experimentación textual, como un laboratorio de formas estéticas que al mismo tiempo conllevará la aparición de nuevos lectores capaces de "des-leer" para ir hacia lo ilegible.
Teniendo en cuenta estos postulados, resulta sorprendente que algunos de esos novelistas, en principio fieles a sí mismos, hicieran incursiones en el terreno íntimo, sobre todo a partir de los 70 del siglo pasado, es decir cuando las vanguardias empiezan a ser puestas en entredicho. Robbe-Grillet y otros escritores de autoficciones reaccionaron profusamente ante las críticas, resaltando el hecho de que sus proyectos responden tanto a la fidelidad al pasado como a un intento de eludir un género, la autobiografía, que, de acuerdo con esa tradición vanguardista, no tiene por qué partir de un "yo" real que narra su vida. De la reflexión acerca de las relaciones entre dos formas de creación aparentemente distintas, la ficción y la autobiografía, nacerá el término "autoficción". Como escribe Thomas Regnier: "lejos de ser un epifenómeno de la literatura posmoderna, la autoficción participa a su manera del agitado destino de la autobiografía".
Ya señalé al principio que el primero en emplear ese término, hoy en día tan asumido y utilizado, fue Serge Doubrovsky en la contraportada de su novela Fils (1977). Más adelante, él mismo ahonda en otros textos sobre el significado de esa palabra. Su definición más clara es la siguiente: "La autoficción es la ficción que, como escritor, he decidido darme a mí mismo, incorporando a ella, en el sentido pleno del término, la experiencia del análisis, no sólo en la temática, sino también en la producción del texto". En definitiva, la autoficción sería una suerte de juego carnavalesco que tiene en vilo al lector ya que éste no sabe con certeza qué es lo real y qué es lo falso. Evidentemente, la autoficción corre el riesgo de un desequilibrio que desvirtúe su objetivo. ¿Dónde se encuentra el justo medio entre ficción y autobiografía? La autoficción tiene unos riesgos evidentes. Como apunta Regnier, dos serían los principales escollos que presenta este género de la postmodernidad: "El escollo del todo-ficcional: donde lo real, en lugar de ser afrontado, se diluye en la ficción. El escollo del todo-autobiográfico: donde la ficción sirve de coartada para la confidencia pura y simple de lo íntimo". Por su parte, el teórico Philippe Lejeune afirma que la palabra autobiografía asusta a los escritores porque "es como si les dijeran que no son artistas". Con una claridad absoluta, define el término como sigue: "en la actualidad, la autoficción designa a todo el espacio entre una autobiografía que no quiere decir su nombre y una ficción que no quiere desprenderse de su autor". Sea como fuere, este género, o archigénero, como también se denomina hoy en día, no cesa de generar debates encendidos. También es cierto que, en esta recién estrenada segunda década del siglo XXI, la práctica de la autoficción sigue evolucionando para dar lugar a obras realmente tan sorprendentes como el libro ensayo-ficción de la escritora Chloé Delaume titulado La Règle du Je en el que confronta el concepto de autoficción con su propia experiencia del género.
domingo, enero 10, 2010
Marguerite Yourcenar: autobiografía y ecología
La idea de bucear en la memoria histórica de sus antepasados data de la juventud de Marguerite Yourcenar. A los veinte años ya tenía la firme intención de redactar una novela en la cual tendrían cabida todas las generaciones familiares que preceden a su nacimiento. No cabe duda de que ese ingente proyecto no era fácil de llevar a cabo por parte de una escritora tan joven. De esta manera, esa empresa sería abandonada hasta que en su madurez, en los años sesenta, vuelve sobre ella para llevarla a buen puerto.
La redacción de su novela Opus Nigrum, le obligó a repasar una infinidad de apuntes plagados de nombres y de lugares en los que durante siglos había transcurrido la existencia de sus antepasados. Poco a poco iría tejiendo los sucesivos volúmenes que conforman su obra autobiográfica: Recordatorios (1974) (Souvenirs pieux), Archivos el Norte (1977) (Archives du Nord), (¿Qué? La Eternidad) (1988) (Quoi? L´Éternité), obra póstuma e inacabada. Todos ellos englobados bajo el título general de El laberinto del mundo (Le Labyrinthe du monde).
El caso de Marguerite es especialmente extraordinario ya que, su autobiografía no trata directamente sobre ella misma sino que el yo _ ausente o intermitentemente presente_ es únicamente el vehículo de un itinerario a lo largo del tiempo y de la historia. En ese devenir su compromiso ecológico siempre tendrá cabida. En el primer libro de la trilogía, Recordatorios, Marguerite Yourcenar aparece de manera fugaz para relatarnos su propio nacimiento: "El ser a quien llamo "yo" llegó al mundo un lunes 8 de junio de 1903, hacia las 8 de la mañana en Bruselas y nacía de un francés perteneciente a una antigua familia del Norte y de una belga, cuyos ascendientes se habían establecido en Lieja durante unos cuantos siglos" A continuación, la autora se erige en portavoz de un pasado en el que ella aún no existía. Con este recurso, inicia un recorrido hacia atrás en el tiempo que otorga el protagonismo a su madre, la cual es, indirectamente, la autora de la narración. Se trata de una recreación novelístico-histórica de la rama familiar materna
Yourcenar realiza una búsqueda exhaustiva de las raíces familiares maternas. La memoria de la novelista indaga en el pasado compaginando con acierto la investigación genealógica con la novela histórica. Ahí radica la originalidad de la autobiografía youcenariana. La búsqueda del pasado familiar reconstruye de alguna manera el yo y al mismo tiempo permite tener una visión desde otra perspectiva de la historia: "No ofrecería casi ningún interés evocar la historia de una familia si ésta no fuera para nosotros una ventana abierta a la historia de un Estado pequeño de la antigua Europa".
Pero su pluma no está al servicio de una narración histórica convencional. Con el fin de ser fiel a la realidad, la narradora visita los lugares que fueron testigos del pasado. De esta manera, completa lo aprendido en los documentos que había consultado y que le sirven de guía con viajes a Bélgica, la tierra de sus ancestros. Durante uno de ellos, en 1956, se detiene en el castillo de Flémalle. Marguerite Yourcenar considera de vital importancia visitar las mansiones porque esas piedras y esos interiores, que vieron pasar la vida de las gentes que los habitaron, también ayudan a reconstruir la memoria. Al recorrer ese lugar, que ya conocía y que le había llamado la atención en un grabado de su posesión, Yourcenar constata de qué manera mueren los símbolos de la Historia. El lugar virgen que mostraba el grabado era ahora un lugar sin hierba ni árboles, una zona industrial con su "topografía de infierno". Del castillo, sólo quedaban unas ruinas. La mansión había sido adjudicada a una empresa de derribos. La parte mejor conservada era una barandilla con sus hierros del siglo XVIII. Yourcenar llega el día del cierre antes del derribo y ante el decorado piensa en los dibujos de Piraneso, también esa escalera parecía subir alegremente hasta el cielo.
En un viaje posterior, esta vez en 1971, Yourcenar constata la degradación del lugar. Nubes apestosas y amarillas que llegaban al cielo ahogaban al visitante. El paisaje estaba salpicado de minas de carbón cerradas y de edificios abandonados que le recuerdan el castillo en ruinas del negro encantador que aparece al final de un acto de Parsifal. Su grabado "Las Delicias de la comarca de Lieja" se había transformado en un "Apocalipsis" provocado por los errores del ser humano que se mete a aprendiz de brujo. Al presentar la desfiguración industrial de la región de sus padres, Marguerite Yourcenar deja a la vez constancia de su compromiso ecológico. Recupera los vestigios de su pasado familiar para juzgar el mundo que la rodea.
En la segunda entrega de la trilogía familiar Archivos del Norte, la escritora busca las raíces familiares paternas. “Despega" de la noche de los tiempos imaginando cómo sería el lugar en que vivió su familia antes del nacimiento del mundo. Con esa visión, rememora ese tiempo en que "el hombre no existía todavía" e imagina una naturaleza virgen que cambia según las estaciones aún no amputadas por calendarios ni relojes. La autora nos devuelve el silencio sólo interrumpido por los ruidos de los animales libres en su entorno natural. Acto seguido, en contraste con la idílica paz descrita, aparece el "depredador-rey (…) el leñador de los animales y el asesino de los árboles, el cazador que dispone de sus trampas en donde se estrangulan los pájaros", en suma, el hombre con sus poderes que vienen a ser una anomalía dentro del conjunto de las cosas. Su aparición no será beneficiosa para ese jardín primitivo. El ser humano aparece reflejado en toda su brutalidad: "Los tebeos y los manuales científicos populares nos muestran a ese Adán sin gloria bajo el aspecto de un bruto peludo blandiendo una porra: nos hallamos lejos de la leyenda judeo-cristiana para la cual el hombre original vaga en paz por entre las sombras de un hermoso jardín".
Finalmente, en ¿Qué? La Eternidad, tercera parte, inconclusa, de su autobiografía, deja traslucir el compromiso ecológico en pasajes sobre los animales y la Naturaleza y realiza una observación que nunca había tenido tanta vigencia como para nosotros espectadores del fracaso de la cumbre del clima de Copenhague: “Es un error de todos pensar en las satisfacciones del presente y en los beneficios del día siguiente, nunca en el pasado mañana o en el siglo venidero”.
domingo, junio 28, 2009
André Gide: autobiografía y sinceridad
Como escribía Laura Freixas con absoluta razón, en un artículo de El País, los textos íntimos que tanto juego dieron desde el siglo XVII hasta mediados del XX, se ven ahora relegados al desván de la Historia por la irrupción de Facebook o Gran Hermano. En dicho artículo cita, entre los clásicos del género, a Rousseau, Amiel , Peppys, Constant y Gide, todos ellos protestantes “acostumbrados a hacer examen de conciencia a solas”, lo cual les permite llevar al papel sus pensamientos. Frente a ellos, dice, los católicos han practicado menos el género dado que su intimidad pasa por el confesionario y es, por consiguiente, oral. También subraya Freixas el hecho de que los diarios actuales, a veces valiosos, no tienen la fuerza que les imprimían los escritores de las generaciones anteriores. Tal vez por ello, se parecen cada vez más al blog o a la columna periodística. En estos tiempos de literatura light guiada por criterios puramente comerciales, me gustaría recordar brevemente a André Gide, un clásico francés del siglo XX, premio Nobel de Literatura en 1947, quien, desde dentro del género autobiográfico, reflexionó ardientemente sobre la sinceridad en la escritura íntima en el libro Si le grain ne meurt, (Si no muere la semilla, Ed. Española, Losada 2002).
Gide es un escritor al que gusta escudriñar el yo. Incluso en sus novelas pocas veces la voz narrativa se hace en tercera persona. Además, sus escritos ficcionales incluyen muy a menudo diarios íntimos. La escritura autobiográfica gidiana surge como un deseo de desarrollar el yo y mostrarlo de la manera más sincera posible. Si en un primer momento rechaza la idea de adentrarse en su intimidad, siendo muy joven, a los diecinueve años, renuncia a la premisa pascaliana que le había guiado hasta entonces. De esta forma "el yo odioso" del que hablaba el filósofo del XVII, se convierte en el universo de Gide en un yo positivo que hay que desarrollar. Así, en 1888, podemos leer en su Diario las siguientes líneas: "Y ahora que me reencuentro a mí mismo, querría medir el camino recorrido; es tan largo que me asusta; he cambiado de camino y ya no sé cuál es el bueno. Yo quería, como lo dije con afectación, pero pensándolo sinceramente, matar el yo de Pascal, y ahora ese yo lo respeto, lo venero, y me esfuerzo por desarrollarlo".
Siguiendo ese criterio, Gide anhela escribir sus memorias. En 1897 inicia esa aventura personal con Si no muere la semilla cuya redacción definitiva tendrá lugar en 1917. En 1919 ya tiene acabada la primera parte. No obstante, su deseo de sinceridad absoluta no resulta colmado como a él le habría gustado. Al final de la primera parte del libro escribe: “Soy un ser dialogante, dentro de mí todo lucha y se contradice. Las Memorias son siempre sinceras a medias, por muy grande que sea el cuidado que se pone en decir la verdad, todo es siempre más complejo de lo que se cree. Tal vez uno se acerque incluso más a la verdad en la novela”. A pesar de sus dudas, Gide no ceja en su empeño de introspección y de sinceridad. De esta forma, en 1926, sale a la luz el libro completo que, con gran intensidad, da cuenta de los primeros veintiséis años de su vida, es decir, desde su infancia hasta la boda con su prima que tuvo lugar un día después de la muerte de su madre.
Si no muere la semilla es un texto autobiográfico que ante todo rechaza la mentira. Gide tenía “horror a la mentira” de ahí que la sinceridad sea el lema que le anima en su andadura. En primer término es franco por la revelación de su homosexualidad. Gide es consciente de que al declarar su opción sexual pone en peligro su reputación, sin embargo, se arriesga a ser estigmatizado en beneficio de la verdad que desea sacar a la luz. Ya en la segunda página de su obra nos muestra a un niño que descubre el placer de la "malas costumbres". Tras esa confesión señala que es consciente del peligro de contar su interioridad, pero, añade "mi relato sólo tiene razón de existir si es verídico. Digamos que lo escribo como una penitencia". Es evidente que el texto lleva el sello de una auténtica autobiografía comprometida ya que su confesión busca igualmente legitimar una opción sexual que a sus ojos no tenía por qué ser vergonzante.
En la segunda parte del libro asistimos a sus experiencias homosexuales en África del Norte. Tanto en sus novelas como en su obra autobiográfica, esas tierras tan alejadas de París son el lugar idóneo para liberarse de los prejuicios. De esta forma, de vuelta a Francia después de la estancia africana, Gide se siente como una persona que ha resucitado, como alguien que estaba muerto y que ha vuelto a la vida. Esa “resurrección" se manifiesta en declaraciones que no contienen ninguna ambigüedad: “¿Cómo hasta entonces había yo podido respirar en esa atmósfera asfixiada de los salones y de los cenáculos donde la agitación de cada uno desprendía un perfume de muerte?”.
Por otro lado, este libro también supone una denuncia de la infancia vivida. Gide detesta ese tenebroso período de su vida durante el cual recibió una rígida educación protestante bajo la implacable autoridad de su madre con quien ahora hace un ajuste de cuentas. A lo largo de sus páginas se puede observar cómo vive Gide entre el deseo de ser puro y la tentación del abismo. A sus ojos, la pureza se concretiza en el amor que profesa a su prima Emmanuelle, Madeleine en la vida real, con quien realiza un matrimonio no consumado, sinónimo de virtud. En ocasiones, el amor homosexual está asociado a la culpa y, por el contrario, en otros muchos casos aparece natural y pagano. Todos los dilemas morales y religiosos de Gide afloran en este texto plagado de confesiones que, sabe, van a situarle en el punto de mira de los demás. Gide escribe para sí mismo pero también se adelanta a aquellos que sin duda van a acusarle. En el Diario también adopta esta actitud al declarar: “No escribo estas Memorias para defenderme. No tengo que defenderme, puesto que no se me acusa. Las escribo antes de que se me acuse. Las escribo para que se me acuse". En Si no muere la semilla podemos encontrar además otros elementos interesantes acerca de la vida del escritor y de su entorno artístico. Independientemente de su mirada introspectiva, el texto nos ofrece igualmente una crónica de la vida literaria del momento. De ella se desprende la veneración que sentía por Mallarmé, en cuyo círculo había sido admitido. Gide asistía con regularidad a las famosas reuniones de los martes que el poeta organizaba en la "Rue de Rome", un lugar sagrado, casi fuera del mundo, lleno de calma y "religiosa atmósfera" en el que Mallarmé "preparaba sus conversaciones, que a menudo apenas diferían de sus divagaciones". Importante es también su amistad con Oscar Wilde. Gide es consciente de todas las paradojas del escritor inglés refugiado en París. Cuenta sus extravagancias y su constante deseo de mostrarse a los demás bajo una máscara. Sin embargo, resalta la sinceridad que se ha instalado en su amistad: "Conmigo Wilde (…) abandonaba la máscara, por fin veía al hombre pues él había comprendido que ya no era necesario fingir y que aquello por lo que otros lo habrían rechazado a mí no me hacía alejarme de él.
En definitiva, sirviéndose de una prosa clásica y precisa de excelente calidad, André Gide nos conduce por los vericuetos de su yo tratando, en la medida de lo posible, de contar la verdad. Esta exigencia de la escritura autobiográfica, difícil de llevar a cabo se hace realidad en este libro en el que ese yo, claramente dividido, asume públicamente la homosexualidad sin poder deshacerse del todo de su obsesión por la pureza. En su búsqueda de la autenticidad, Gide asume el riesgo sin caer en ningún tipo de provocación y, con fina elegancia, analiza una pasión que en su época se salía de toda norma. Laura Freixas se pregunta en su artículo si lo verdaderamente íntimo es impublicable, yo creo que el ejemplo de Gide despeja toda duda al respecto.
lunes, septiembre 08, 2008
Albert Camus entre ficción y autobiografía
Mucho se ha hablado y escrito de la autobiografía como un género fronterizo, un género problemático, difícil de definir. Justamente esta cuestión se me plantea en estos momentos en los que estoy releyendo la novela ¿autobiográfica? inconclusa El Primer hombre, obra de uno de los más grandes escritores franceses: Albert Camus (1913-1960). En efecto, el premio Nobel de Literatura de 1957 y autor de obras como La Peste o El Extranjero, estaba escribiendo ese texto tan concordante con su propia vida en Argelia cuando le sorprendió la muerte en un accidente de circulación. Hasta ese momento no había manifestado atracción alguna por la literatura autobiográfica. Ese pudor para contarse a sí mismo tal vez sea la causa por la cual se decantó por una novela para narrar la vida de un niño en la Argelia del primer tercio del siglo XX. Evidentemente, si aplicamos un criterio amplio, podemos decir que el libro puede enmarcarse dentro de una autoficción que no contiene, en lo referente a la diégesis, a la historia, elementos factuales, reales, que puedan atestiguar que sea la propia historia de la niñez de Camus. No es una autobiografía pero sí una novela autobiográfica que tiene un protagonista, Jacques Corney, que tampoco es el narrador dado que el texto está escrito desde la tercera persona. Ese relato de una infancia, se enmarca dentro de la literatura existencialista que muestra a un ser arrojado en el mundo, un ser que se construye a sí mismo gracias a la instrucción y que sale de la miseria para convertirse en un escritor. La novela está dedicada a la "Viuda Camus", es decir, a su madre, la cual no tuvo ocasión de aprender a leer. El epígrafe reza como sigue: "A ti que nunca podrás leer este libro".
En 1994, treinta y cuatro años después de la muerte del autor, sale a la luz este texto hallado el 4 de enero de 1960 en su cartera. Como se puede leer en la nota previa a la edición francesa, el texto publicado se establece a partir del manuscrito y de una copia dactilografiada por su hija: Francine Camus. Además hay un anexo con las hojas sueltas que estaban insertas en el manuscrito y un cuaderno que incluye las notas y proyectos para la obra. El libro lo conforman dos partes. La primera "Búsqueda del padre" nos lleva hasta el año 1913. En el mes de octubre de ese año, una pareja se encamina en una carreta conducida por un árabe, hacia un pueblo de Argelia donde el hombre, un francés de unos treinta años, iba a asumir la gerencia de una finca. Nada más llegar a la granja, la mujer da a luz un varón: Jacques.
Cuarenta años más tarde, en el cementerio de Saint-Brieuc, Jacques Corney se conmueve al contemplar la lápida bajo la cual yace su progenitor, muerto en la Primera Guerra. Lo que más le llama la atención es la edad a la que falleció: "leyó las dos fechas, 1885-1914, e hizo maquinalmente el cálculo: veintinueve años. De pronto le asaltó un pensamiento que lo sacudió incluso físicamente. El tenía cuarenta. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él". A partir de ese momento inicia la búsqueda del que, en ese instante, había dejado de ser un desconocido. Por ello viajará a Argelia.
Durante el viaje en barco que le lleva a Argel, Jacques inicia, por medio de la memoria, la recuperación del tiempo pasado, de su infancia en esa ciudad: el apartamento de la calle de Lyon durante las tardes calurosas del verano, las correrías por la playa con su amigo Pierre, la tiranía de una abuela que había criado a nueve hijos y cuyas ideas sobre la educación eran muy particulares, etc. En ese sentido, este libro entra de pleno derecho en esa biblioteca ideal del recuerdo de la infancia, verídica o ficticia, que Céline, Sartre, Sarraute, Leiris y otros autores franceses han cultivado.
La búsqueda del pasado por medio de la memoria concluye con los reencuentros afectivos y físicos de ese mismo pasado anteriormente imaginado. El retorno a Argel le devuelve una madre envejecida que responde a sus preguntas o el recuerdo del maestro que tantos datos le dio sobre su padre. Desde el punto de vista político, el protagonista vive en 1956 la experiencia de un atentado a raíz del cual se ve en la obligación de proteger a un árabe que está a punto de ser linchado. En cuanto al tono general, se observa en esta obra de Camus la nostalgia de esa vida marcada por la miseria del barrio periférico en el que vivían los emigrantes de origen español.
La segunda parte del libro, "El hijo o el primer hombre", abunda en la reconstrucción del pasado desde el presente: los partidos de fútbol con los amigos, su fingida valentía cuando su abuela le obliga a presenciar el degüello de una gallina y, sobre todo, las vacaciones y sus pequeños trabajos que aportan dinero a una casa de pobres. De manera muy intensa se reproduce el dolor que le causaban las humillaciones en el Liceo por su origen humilde. Al mismo tiempo aparece la incomprensión de los suyos a medida que él se va forjando un saber: "En esa casa, donde no se conocían diarios, ni, hasta que Jacques los llevara, libros, ni radio tampoco, donde sólo había objetos de utilidad inmediata, donde sólo se recibía a la familia, y de la que rara vez se salía, salvo para visitar a miembros de la misma familia ignorante, lo que Jacques llevaba del liceo era inadmisible, y el silencio crecía entre él y los suyos"). La memoria se detiene cuando el niño que fue se transforma en un "adolescente flaco y musculoso, de pelo revuelto y mirada exaltada, que había trabajado todo el verano para llevar un sueldo a casa, acababa de ser designado portero titular del equipo del liceo y, tres días antes, había gustado por primera vez, desfalleciente, la boca de una muchacha" .
Las páginas de esta novela autobiográfica sobre Jacques Corney, están plagadas de momentos emotivos sobre la infancia. Por ellas asoman las ideas del propio Camus adulto, del escritor consagrado que, por encima del absurdo, cree en la amistad. El libro es un claro homenaje a ese mundo pobre que fue el suyo, a la solidaridad que allí existía a pesar de la penuria. Desde el punto de vista político se percibe su postura conciliadora con relación a la guerra de Argelia. Es cierto que en este libro no existe una ficcionalización de la experiencia vivida. Sí hay codificación de los nombres propios, aunque leyendo los márgenes, esa codificación textual desaparece. El Primer Hombre es un libro de recuperación de un pasado que de otra forma está condenado a morir porque ese tiempo transcurrió en un lugar sin memoria. No cabe duda de que la ficción es una estratagema literaria, lo cual vuelve a plantear el problema de definir lo autobiográfico. Lo cierto es que leyendo las últimas frases del libro, nos damos cuenta de que la filosofía existencial del último Camus late en ellas con todas sus fuerzas: "él sentía hoy que la vida, la juventud, los seres se le escapaban, sin poder salvar nada de ellos, abandonado a la única esperanza ciega de que esa fuerza oscura que durante tantos años lo había alzado por encima de los días, alimentado sin medida, igual que las circunstancias más duras, le diese también, y con la misma generosidad infatigable con que le diera sus razones para vivir, razones para envejecer y morir sin rebeldía". Les invito a leer las intensas páginas de este libro y, en virtud de lo que se conoce como “contrato de lectura”, serán ustedes en última instancia quienes decidan si el yo que se expone en ellas es “fingido” o se corresponde con una realidad histórica, la del propio Albert Camus.
En 1994, treinta y cuatro años después de la muerte del autor, sale a la luz este texto hallado el 4 de enero de 1960 en su cartera. Como se puede leer en la nota previa a la edición francesa, el texto publicado se establece a partir del manuscrito y de una copia dactilografiada por su hija: Francine Camus. Además hay un anexo con las hojas sueltas que estaban insertas en el manuscrito y un cuaderno que incluye las notas y proyectos para la obra. El libro lo conforman dos partes. La primera "Búsqueda del padre" nos lleva hasta el año 1913. En el mes de octubre de ese año, una pareja se encamina en una carreta conducida por un árabe, hacia un pueblo de Argelia donde el hombre, un francés de unos treinta años, iba a asumir la gerencia de una finca. Nada más llegar a la granja, la mujer da a luz un varón: Jacques.
Cuarenta años más tarde, en el cementerio de Saint-Brieuc, Jacques Corney se conmueve al contemplar la lápida bajo la cual yace su progenitor, muerto en la Primera Guerra. Lo que más le llama la atención es la edad a la que falleció: "leyó las dos fechas, 1885-1914, e hizo maquinalmente el cálculo: veintinueve años. De pronto le asaltó un pensamiento que lo sacudió incluso físicamente. El tenía cuarenta. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él". A partir de ese momento inicia la búsqueda del que, en ese instante, había dejado de ser un desconocido. Por ello viajará a Argelia.
Durante el viaje en barco que le lleva a Argel, Jacques inicia, por medio de la memoria, la recuperación del tiempo pasado, de su infancia en esa ciudad: el apartamento de la calle de Lyon durante las tardes calurosas del verano, las correrías por la playa con su amigo Pierre, la tiranía de una abuela que había criado a nueve hijos y cuyas ideas sobre la educación eran muy particulares, etc. En ese sentido, este libro entra de pleno derecho en esa biblioteca ideal del recuerdo de la infancia, verídica o ficticia, que Céline, Sartre, Sarraute, Leiris y otros autores franceses han cultivado.
La búsqueda del pasado por medio de la memoria concluye con los reencuentros afectivos y físicos de ese mismo pasado anteriormente imaginado. El retorno a Argel le devuelve una madre envejecida que responde a sus preguntas o el recuerdo del maestro que tantos datos le dio sobre su padre. Desde el punto de vista político, el protagonista vive en 1956 la experiencia de un atentado a raíz del cual se ve en la obligación de proteger a un árabe que está a punto de ser linchado. En cuanto al tono general, se observa en esta obra de Camus la nostalgia de esa vida marcada por la miseria del barrio periférico en el que vivían los emigrantes de origen español.
La segunda parte del libro, "El hijo o el primer hombre", abunda en la reconstrucción del pasado desde el presente: los partidos de fútbol con los amigos, su fingida valentía cuando su abuela le obliga a presenciar el degüello de una gallina y, sobre todo, las vacaciones y sus pequeños trabajos que aportan dinero a una casa de pobres. De manera muy intensa se reproduce el dolor que le causaban las humillaciones en el Liceo por su origen humilde. Al mismo tiempo aparece la incomprensión de los suyos a medida que él se va forjando un saber: "En esa casa, donde no se conocían diarios, ni, hasta que Jacques los llevara, libros, ni radio tampoco, donde sólo había objetos de utilidad inmediata, donde sólo se recibía a la familia, y de la que rara vez se salía, salvo para visitar a miembros de la misma familia ignorante, lo que Jacques llevaba del liceo era inadmisible, y el silencio crecía entre él y los suyos"). La memoria se detiene cuando el niño que fue se transforma en un "adolescente flaco y musculoso, de pelo revuelto y mirada exaltada, que había trabajado todo el verano para llevar un sueldo a casa, acababa de ser designado portero titular del equipo del liceo y, tres días antes, había gustado por primera vez, desfalleciente, la boca de una muchacha" .
Las páginas de esta novela autobiográfica sobre Jacques Corney, están plagadas de momentos emotivos sobre la infancia. Por ellas asoman las ideas del propio Camus adulto, del escritor consagrado que, por encima del absurdo, cree en la amistad. El libro es un claro homenaje a ese mundo pobre que fue el suyo, a la solidaridad que allí existía a pesar de la penuria. Desde el punto de vista político se percibe su postura conciliadora con relación a la guerra de Argelia. Es cierto que en este libro no existe una ficcionalización de la experiencia vivida. Sí hay codificación de los nombres propios, aunque leyendo los márgenes, esa codificación textual desaparece. El Primer Hombre es un libro de recuperación de un pasado que de otra forma está condenado a morir porque ese tiempo transcurrió en un lugar sin memoria. No cabe duda de que la ficción es una estratagema literaria, lo cual vuelve a plantear el problema de definir lo autobiográfico. Lo cierto es que leyendo las últimas frases del libro, nos damos cuenta de que la filosofía existencial del último Camus late en ellas con todas sus fuerzas: "él sentía hoy que la vida, la juventud, los seres se le escapaban, sin poder salvar nada de ellos, abandonado a la única esperanza ciega de que esa fuerza oscura que durante tantos años lo había alzado por encima de los días, alimentado sin medida, igual que las circunstancias más duras, le diese también, y con la misma generosidad infatigable con que le diera sus razones para vivir, razones para envejecer y morir sin rebeldía". Les invito a leer las intensas páginas de este libro y, en virtud de lo que se conoce como “contrato de lectura”, serán ustedes en última instancia quienes decidan si el yo que se expone en ellas es “fingido” o se corresponde con una realidad histórica, la del propio Albert Camus.
domingo, agosto 03, 2008
La autobiogafía de Simone de Beauvoir: una forma de actuar en el mundo
Este año se celebra el centenario del nacimiento de la filósofa y escritora francesa Simone de Beauvoir (1908-1986). Estas líneas, centradas en su concepto de autobiografía, desearían ser una pequeña aportación al evento. Simone de Beauvoir considera que su proyecto de conocer el mundo está unido a su deseo de expresarlo. De ahí que la tarea puramente intelectual de la filósofa existencialista no excluya la experiencia afectiva como lo demuestra la relevancia de su producción autobiográfica en el conjunto de su obra. Beauvoir escribió cuatro volúmenes de memorias, Mémoires d´une jeune fille rangée (1958) (Memorias de una joven formal), La Force de l´âge (1960) (La plenitud de la vida), La Force des choses (1963) (La fuerza de las cosas), Tout compte fait (1972) (Final de cuentas), así como un libro que relata la muerte de su madre Une mort très douce (1964) (Una muerte muy dulce) y un otro acerca de la muerte de su compañero Jean-Paul Sartre La Cérémonie des adieux (1981) (La ceremonia del adiós).
Si al principio de su carrera literaria Simone de Beauvoir se decanta por la novela, en su madurez, deseosa de mostrar el mundo desde un prisma más real, se consagra con más ahínco al género autobiográfico ya que éste permite a la singularidad presentarse sin artificios. A su entender, la novela no es del todo satisfactoria para quien desea reflejar la contingencia. Sin embargo, en una autobiografía "los acontecimientos se presentan en su gratuidad, en sus azares, en sus combinaciones a veces exageradas, tal y como han sido: esta fidelidad ayuda a comprender mejor que la más hábil transposición cómo las cosas le suceden realmente al hombre". Así, Simone de Beauvoir se desmarca de los detractores del género íntimo concediendo valor estético a una forma literaria que demanda gran destreza y solidez. La motivación que la lleva a adentrarse en ese terreno tiene unos objetivos claros: conocerse mejor a sí misma y ser honesta en la exposición de su intimidad. Consciente de que el yo "no es más que un objeto probable" y de que quien se aventura a decir "yo" sólo puede captar algunos perfiles, la pensadora aborda la tarea de contarse sabiendo que al final del camino siempre quedará un resquicio de insatisfacción. No obstante, Simone de Beauvoir estaba completamente convencida de que un examen honesto de su existencia siempre podía aportar algo a los demás: Como ella misma señala: "Si un individuo se expone con sinceridad, más o menos todo el mundo se ve implicado. Es imposible esclarecer la propia vida sin iluminar, aquí o allí, la de los demás". De esta forma, su tarea autobiográfica no se limita, como ocurre en algunos autores, a un ejercicio narcisista. Su escritura transciende el yo y se pone al alcance de los demás porque el acto de escribir sobre su propio ser es, según su criterio, la mejor manera "de hablar a los otros sobre ellos mismos".
Si al principio de su carrera literaria Simone de Beauvoir se decanta por la novela, en su madurez, deseosa de mostrar el mundo desde un prisma más real, se consagra con más ahínco al género autobiográfico ya que éste permite a la singularidad presentarse sin artificios. A su entender, la novela no es del todo satisfactoria para quien desea reflejar la contingencia. Sin embargo, en una autobiografía "los acontecimientos se presentan en su gratuidad, en sus azares, en sus combinaciones a veces exageradas, tal y como han sido: esta fidelidad ayuda a comprender mejor que la más hábil transposición cómo las cosas le suceden realmente al hombre". Así, Simone de Beauvoir se desmarca de los detractores del género íntimo concediendo valor estético a una forma literaria que demanda gran destreza y solidez. La motivación que la lleva a adentrarse en ese terreno tiene unos objetivos claros: conocerse mejor a sí misma y ser honesta en la exposición de su intimidad. Consciente de que el yo "no es más que un objeto probable" y de que quien se aventura a decir "yo" sólo puede captar algunos perfiles, la pensadora aborda la tarea de contarse sabiendo que al final del camino siempre quedará un resquicio de insatisfacción. No obstante, Simone de Beauvoir estaba completamente convencida de que un examen honesto de su existencia siempre podía aportar algo a los demás: Como ella misma señala: "Si un individuo se expone con sinceridad, más o menos todo el mundo se ve implicado. Es imposible esclarecer la propia vida sin iluminar, aquí o allí, la de los demás". De esta forma, su tarea autobiográfica no se limita, como ocurre en algunos autores, a un ejercicio narcisista. Su escritura transciende el yo y se pone al alcance de los demás porque el acto de escribir sobre su propio ser es, según su criterio, la mejor manera "de hablar a los otros sobre ellos mismos".
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