martes, enero 26, 2010

Un lecteur assailli : Les Chants de Maldoror













Lautréamont tâtonne sans cesse au moment de chercher le moyen idéal d´expression pour que sa poésie puisse accomplir sa mission dévastatrice. C´est pour cela que dans son délire, Maldoror ne lâche pas le lecteur. Bien au contraire, dans sa forme si originale de chanter le mal, il octroie un rôle important à celui qui est en train de lire ses pages. Comme l´a montré Jean-Luc Steinmetz, le lecteur des Chants de Maldoror est quelqu´un qui est « surveillé et puni ». Dans les Chants le héros exprime le désir de dire que son long poème “est” mais aussi qu´il signifie. Il s´agit d´une poétique de l´affectivité, de l´intention dont le but est la crétinisation du lecteur. Lautréamont ne cherche donc pas un archi-lecteur abstrait car celui-ci ne saurait surcoder tout seul son poème. Or, le narrateur devient un acteur nécessaire, c´est lui qui tient les rênes du discours. Aussi, d´emblée, tout au début du poème il écrit: “Plût au ciel que le lecteur, enhardi et devenu momentanément féroce comme ce qu´il lit, trouve, sans se désorienter, son chemin abrupt et sauvage, à travers les marécages désolés de ces pages sombres et pleines de poison; car, à moins qu´il n´apporte dans sa lecture une logique rigoureuse et une tension d´esprit égale au moins à sa défiance, les émanations mortelles de ce livre imbiberont son âme comme l´eau le sucre. Il n´est pas bon que tout le monde lise les pages qui vont suivre: quelques-uns seuls savoureront ce fruit amer sans danger. Par conséquent, âme timide, avant de pénétrer plus loin dans pareilles landes inexplorées dirige tes talons en arrière et non en avant...”
Lautréamont construit un lecteur implicite avec lequel il essaie de dialoguer. Cependant ce dialogue est toujours marqué par l´empreinte de l´agression. En voici quelques exemples: “Avez-vous entendu ce que je viens de dire... (II, 13) “certes, vous avez raison de rougir, os et graisse, mais écoutez moi. Je n´invoque pas votre intelligence; vous la feriez rejeter du sang par l´horreur qu´elle vous témoigne...” (IV, 6) Ou bien avec une fausse bienveillance il dit : “Il ne tient qu´a`vous de m´écouter, si vous le voulez bien” (I,4). “Oui, oui...je n´y faisais pas attention…votre demande est juste. Vous désirez savoir, n´est-ce pas? (IV, 4).
C´est le surhomme Maldoror qui cherche le pouvoir absolu vis-à-vis de ceux qui osent pénétrer dans les marécages de son univers littéraire: “Lecteur, c´est peut-être la haine que tu veux que j´invoque dans le commencement de cet ouvrage! Qui te dit que tu n´en renifleras pas, baigné dans d´innombrables voluptés, tant que tu voudras, avec tes narines orgueilleuses, larges et maigres, en te renversant de ventre, pareil à un requin (...) Je t´assure, elles réjouiront les deux trous informes de ton museau hideux”.
La construction textuelle du lecteur implicite poursuit clairement chez l´auteur de guider le lecteur réel, de l´obliger à suivre le sens du texte proposé par le narrateur. Par conséquent, afin de comprendre l´oeuvre de ce poète transgresseur, il ne faut donc pas oublier cette stratégie, par ailleurs très moderne qui rompt avec la tradition poétique pratiquée jusqu´alors. C´est l´une des caractéristiques de la modernité chez le poète. Finalement, je voudrais signaler que l´aboutissement à sa recherche formelle se trouve sans doute dans le dernier chant, le sixième. Cette partie du livre présente, d´après, l´auteur lui-même, sa formule définitive: le roman. En effet, il écrit une sorte de roman-feuilleton qui voudrait se comparer aux grands auteurs mélodramatiques du genre: Dumas, Hugo, Ponson du Terrail. Cependant, son roman, toujours à strophes ou “chapitres, continue d´être un genre hybride tantôt “récit”, tantôt “conte somnifère”. Le sarcasme ici présent tourne, d´une certaine manière, la littérature en dérision, car la fiction, cherche surtout, à “ébranler les figurer détentrices de la loi”. Mais l´obsession formaliste de Lautréamont s´accompagne aussi d´une éthique qui dépasse largement les modèles romantiques qui lui servent de modèle. J´y reviendrai dans une autre occasion.


domingo, enero 10, 2010

Marguerite Yourcenar: autobiografía y ecología




La idea de bucear en la memoria histórica de sus antepasados data de la juventud de Marguerite Yourcenar. A los veinte años ya tenía la firme intención de redactar una novela en la cual tendrían cabida todas las generaciones familiares que preceden a su nacimiento. No cabe duda de que ese ingente proyecto no era fácil de llevar a cabo por parte de una escritora tan joven. De esta manera, esa empresa sería abandonada hasta que en su madurez, en los años sesenta, vuelve sobre ella para llevarla a buen puerto.
La redacción de su novela Opus Nigrum, le obligó a repasar una infinidad de apuntes plagados de nombres y de lugares en los que durante siglos había transcurrido la existencia de sus antepasados. Poco a poco iría tejiendo los sucesivos volúmenes que conforman su obra autobiográfica: Recordatorios (1974) (Souvenirs pieux), Archivos el Norte (1977) (Archives du Nord), (¿Qué? La Eternidad) (1988) (Quoi? L´Éternité), obra póstuma e inacabada. Todos ellos englobados bajo el título general de El laberinto del mundo (Le Labyrinthe du monde).
El caso de Marguerite es especialmente extraordinario ya que, su autobiografía no trata directamente sobre ella misma sino que el yo _ ausente o intermitentemente presente_ es únicamente el vehículo de un itinerario a lo largo del tiempo y de la historia. En ese devenir su compromiso ecológico siempre tendrá cabida. En el primer libro de la trilogía, Recordatorios, Marguerite Yourcenar aparece de manera fugaz para relatarnos su propio nacimiento: "El ser a quien llamo "yo" llegó al mundo un lunes 8 de junio de 1903, hacia las 8 de la mañana en Bruselas y nacía de un francés perteneciente a una antigua familia del Norte y de una belga, cuyos ascendientes se habían establecido en Lieja durante unos cuantos siglos" A continuación, la autora se erige en portavoz de un pasado en el que ella aún no existía. Con este recurso, inicia un recorrido hacia atrás en el tiempo que otorga el protagonismo a su madre, la cual es, indirectamente, la autora de la narración. Se trata de una recreación novelístico-histórica de la rama familiar materna
Yourcenar realiza una búsqueda exhaustiva de las raíces familiares maternas. La memoria de la novelista indaga en el pasado compaginando con acierto la investigación genealógica con la novela histórica. Ahí radica la originalidad de la autobiografía youcenariana. La búsqueda del pasado familiar reconstruye de alguna manera el yo y al mismo tiempo permite tener una visión desde otra perspectiva de la historia: "No ofrecería casi ningún interés evocar la historia de una familia si ésta no fuera para nosotros una ventana abierta a la historia de un Estado pequeño de la antigua Europa".
Pero su pluma no está al servicio de una narración histórica convencional. Con el fin de ser fiel a la realidad, la narradora visita los lugares que fueron testigos del pasado. De esta manera, completa lo aprendido en los documentos que había consultado y que le sirven de guía con viajes a Bélgica, la tierra de sus ancestros. Durante uno de ellos, en 1956, se detiene en el castillo de Flémalle. Marguerite Yourcenar considera de vital importancia visitar las mansiones porque esas piedras y esos interiores, que vieron pasar la vida de las gentes que los habitaron, también ayudan a reconstruir la memoria. Al recorrer ese lugar, que ya conocía y que le había llamado la atención en un grabado de su posesión, Yourcenar constata de qué manera mueren los símbolos de la Historia. El lugar virgen que mostraba el grabado era ahora un lugar sin hierba ni árboles, una zona industrial con su "topografía de infierno". Del castillo, sólo quedaban unas ruinas. La mansión había sido adjudicada a una empresa de derribos. La parte mejor conservada era una barandilla con sus hierros del siglo XVIII. Yourcenar llega el día del cierre antes del derribo y ante el decorado piensa en los dibujos de Piraneso, también esa escalera parecía subir alegremente hasta el cielo.
En un viaje posterior, esta vez en 1971, Yourcenar constata la degradación del lugar. Nubes apestosas y amarillas que llegaban al cielo ahogaban al visitante. El paisaje estaba salpicado de minas de carbón cerradas y de edificios abandonados que le recuerdan el castillo en ruinas del negro encantador que aparece al final de un acto de Parsifal. Su grabado "Las Delicias de la comarca de Lieja" se había transformado en un "Apocalipsis" provocado por los errores del ser humano que se mete a aprendiz de brujo. Al presentar la desfiguración industrial de la región de sus padres, Marguerite Yourcenar deja a la vez constancia de su compromiso ecológico. Recupera los vestigios de su pasado familiar para juzgar el mundo que la rodea.
En la segunda entrega de la trilogía familiar Archivos del Norte, la escritora busca las raíces familiares paternas. “Despega" de la noche de los tiempos imaginando cómo sería el lugar en que vivió su familia antes del nacimiento del mundo. Con esa visión, rememora ese tiempo en que "el hombre no existía todavía" e imagina una naturaleza virgen que cambia según las estaciones aún no amputadas por calendarios ni relojes. La autora nos devuelve el silencio sólo interrumpido por los ruidos de los animales libres en su entorno natural. Acto seguido, en contraste con la idílica paz descrita, aparece el "depredador-rey (…) el leñador de los animales y el asesino de los árboles, el cazador que dispone de sus trampas en donde se estrangulan los pájaros", en suma, el hombre con sus poderes que vienen a ser una anomalía dentro del conjunto de las cosas. Su aparición no será beneficiosa para ese jardín primitivo. El ser humano aparece reflejado en toda su brutalidad: "Los tebeos y los manuales científicos populares nos muestran a ese Adán sin gloria bajo el aspecto de un bruto peludo blandiendo una porra: nos hallamos lejos de la leyenda judeo-cristiana para la cual el hombre original vaga en paz por entre las sombras de un hermoso jardín".
Finalmente, en ¿Qué? La Eternidad, tercera parte, inconclusa, de su autobiografía, deja traslucir el compromiso ecológico en pasajes sobre los animales y la Naturaleza y realiza una observación que nunca había tenido tanta vigencia como para nosotros espectadores del fracaso de la cumbre del clima de Copenhague: “Es un error de todos pensar en las satisfacciones del presente y en los beneficios del día siguiente, nunca en el pasado mañana o en el siglo venidero”.