Le Coq et l´Arlequin (1918) de Jean
Cocteau El gallo y el arlequín, (Fundación
Scherzo, versión en castellano) es uno de los tratados de
estética musical más heterodoxos al tiempo que más brillantes de la literatura
músico-literaria. Escrito en forma de aforismos, tiene como objetivo, entre
otros, defender la música nueva de Erik Satie (1866-1925) frente a las caducas
etapas estéticas que le precedieron. Las palabras de Cocteau no pueden ser más
reveladoras al respecto: “Los músicos impresionistas cortaron la pera en doce
trozos y a cada uno le dieron un título de poema. Entonces, Satie compuso doce
poemas y los tituló Morceaux en forme de
poire (Trozos en forma de pera).
Este ejemplo ilustra perfectamente de qué manera la dialéctica entre períodos
creativos se repite a lo largo de la Historia de las artes dando lugar, por regla
general, a síntesis vanguardistas. Desde este enfoque, la ironía de Cocteau y
el propio sarcasmo de Satie surgirían como oposición a la expresión artística
de lo sublime. En efecto, la ironía satiniana se rebela contra las
transcendentes escuelas romántica e impresionista. Contrario a la influencia
wagnerianas en la música francesa, Satie le dijo en una ocasión a Debussy: “Il
faut avoir une musique à nous, sans choucroute si possible” (Tenemos que tener
una música propia, si es posible sin choucroute). A pesar de ser un iconoclasta
nato, Satie, puso su empeño en buscar esa música teniendo como leitmotiv el
humor y el absurdo. Ya durante la primera etapa de su vida creadora, 1886-1895,
que él mismo llamó “período místico”, compuso obras pianísticas como las Gnosiennes repletas de indicaciones
humorísticas y despojadas de las pertinentes claves musicales o de de las barras
que indican la medida. Por otro lado, Satie acude a menudo a la técnica del
pastiche para deconstruir las enseñanzas tradicionales. Pensemos, por ejemplo,
en la obra pianística Embryons desséchés
(1913) en la cual los comentarios escritos que figuran en la partitura
adquieren una importancia notable. No hay que olvidar que este tipo de
literatura que se inserta en el corazón del lenguaje musical es constante en la
obra de este singular compositor francés. Estos matices personales que tienen
la función de sugerir una óptima interpretación de las obras son únicos en
Historia de la Música. Basta recordar algunos de
ellos para darse cuenta de la carga irónica que contienen: “como un ruiseñor al
que le duelen las muelas”, retire su mano y métala en el bolsillo”, etc. De las
tres piezas dedicadas a sus embriones, todos ellas hacen referencia a criaturas
marinas, la primera, titulada, Holothurie,
contiene un comentario del autor que revela claramente su aversión por la
pedagogía pianística tradicional: “Los ignorantes también la designan con el
nombre de pepino de los mares del sur
(comcombre des mers du sud). Es fácil adivinar que se trata de una sátira de
los clásicos compositores de obras cortas y fáciles del repertorio para piano.
En este caso se trata de las famosas
sonatinas, destinadas a los que se inician en el aprendizaje de la técnica de
ese instrumento. La segunda pieza Edriophtalma
inspirada en unos crustáceos de naturaleza triste y ojos inmóviles, parodia la Marcha fúnebre de Chopin. Finalmente, la
tercera Podophtalam, “crustaceos con
ojos situados en tallos móviles, hábiles e infatigables cazadores”, imita con
ingenio diversos fragmentos musicales conocidos cuyo tema es la caza.
Pero
a la vez que ironiza, Satie abre las puertas a una estética grotesca e
iconoclasta que iba a ser una constante en las vanguardias francesas de los
años veinte del siglo pasado. De esta manera, Le piège de la Méduse,
comédie lyrique en un acte de M.Erik Satie avec musique du même monsieur
(1913), puede considerarse como precursora del movimiento Dada. La sencillez de
la música y de la instrumentación es asombrosa. La obra cuenta con cuatro
personajes, el barón Méduse, su hija “de leche” Frisette, su pretendiente
Astolfo y el criado del barón, Policarpo. La nota grotesca la pone un mono
disecado, Jonás, que interpreta las siete danzas musicales que separan cada uno
de los cuadros. Esta obra, “propia de un loco”, según Pierre Bertin, el primer
director que puso en escena la obra, prepara también, sin duda, el terreno al teatro
del Absurdo que revolucionaría el género en los años 50 de manos de autores tan
ilustres como Beckett o Ionesco. En esa línea de creación, cabe citar
igualmente su última obra, el ballet anti-académico y surrealista Relâche (1924), en colaboración con
Picabia. Satie culmina su carrera con un espectáculo descabellado, plagado de
situaciones absurdas, en la cual los hombres se desnudan y se visten sin cesar
o bailan con carretillas y coronas.
Evidentemente,
esta anti-estética satiniana propugna una inversión del canon y de los
lenguajes que, al menos en Francia, predominaban en el mundo de la música. Su
deseo de dinamitar la tradición es tal que ni siquiera el propio Satie se libra
de la onda expansiva que produjo su tendencia al absurdo. Por ello, me gustaría
concluir estas breves líneas reproduciendo parte de la satírica autodefinición
artística que el compositor plasma en el artículo Ce que je suis (Lo que soy): “Todo el mundo les dirá que no soy
músico. Exacto. Desde el inicio de mi carrera enseguida me incluí entre los
fonometrófagos. Mis trabajos son pura fonometría (…) ninguna idea musical ha
estado presente en la creación de mis obras. Lo que ha imperado en ellas es el
pensamiento científico. Siento más placer en medir un sonido que en escucharlo”.





